A raíz de este artículo de Índica (que no tiene mucho que ver, habla del diseño de emociones) me he acordado de algo a lo que le doy vueltas desde hace ya un tiempo. Es la constante sensación de alarma social y alertas varias que vivimos. Supongo que todo empieza tras el 11S. Tuvimos el Anthrax. Pero nadie se imaginó el 11M. Tenemos la gripe A. Pero todos los años, la contaminación se lleva a bastante más personas por A o B. Supongo que, mientras vivamos en la era en la que la información es poder (y poder absolutista), no nos libraremos de ello.
Durante estos últimos días, hemos vivido en alerta roja por un temporal. Soy consciente de que en otros lugares de la península ha sido importante, con lamentables y trágicas consecuencias. Pero os puedo asegurar que en esta pequeña esquina del mundo, durante mi infancia, he vivido lluvias peores. Y no había alertas ni alarmas. Simplemente llovía a mares.
La conspiranoica que llevo dentro me dice que todo esto tiene un porqué. Y es que si se considera desde un principio como situación límite, cualquier error de gestión de la situación queda a priori disculpado. “Es que estábamos en alerta roja total”. Claro. Pero sin embargo, se sigue sin hacer nada por tener un mejor alcantarillado en aquellas zonas de España que todos los años tienen esta cantinela de las inundaciones y las riadas. Se culpa al cielo, pero quizá el problema esté en el suelo.