Hay personas que tienen serios problemas para vivir el presente. Algunas viven ancladas en el pasado. Otras, bajo el yugo de un futuro que está por llegar y que vaya usted a saber cómo va a ser. Bien, yo soy de ese último tipo de personas. De las que temen el futuro. De las que siempre piensan lo peor. De las que visualizan lo años venideros como el infierno de Dante, pero en vida. De un modo apocalíptico. Tengo miedo a la enfermedad, la soledad no deseada y a la muerte. Y sobre todo, tengo pánico a la tristeza. A que todo aquello que vendrá, sea como sea, no me guste.
Eso me impide vivir el presente. Un presente del que no me puedo quejar, más bien todo lo contrario. Tengo un trabajo que me llena y me satisface enormemente (salvo cuando nos tocan las narices al bueno de Goio y a mí). Unos amigos que ni me los merezco. Una familia que es especial y genial a partes iguales. Y sin embargo, yo les respondo con una carácter cada día más amargo, triste, preocupado.
Vivir así no es vivir. Es morir lentamente. Y eso es lo que me está pasando.
El primer paso era reconocerlo y decirlo en alto.
El siguiente debe ser dejar de hacerlo.
Y vivir. Vivir de verdad.
PD: Este es el post más sincero que he escrito en mucho tiempo. Disculpen las molestias.